Me sentía pesada todos los días. Como si cargara 10 kilos extra que no me pertenecían.
No importaba si comía ensalada, si tomaba 3 litros de agua, o si caminaba 10,000 pasos diarios
Mi cuerpo había puesto un candado. Y yo no encontraba la llave.
Los jeans del clóset que tanto amaba ya no me cerraban. La ropa me apretaba en lugares donde antes ni notaba. Y mi reflejo en el espejo — ese reflejo que solía reconocer — empezó a parecerme ajeno.
Tenía 41 años, dos hijos, y un esposo que me amaba tal como era. Pero yo ya no me reconocía.
Estaba amargada. Desesperada. Ya no sabía qué más hacer.